¿Por qué las intervenciones en los partos causan traumas?

Cuando las mujeres viven una experiencia de parto dura o difícil, en la que han experimentado mucho dolor físico o sufrimiento por sentir que su vida o la de su bebé estaban en riesgo, o haber sufrido violencia obstétrica, a menudo desarrollan estrés postraumático y depresión posparto.

Esto es cada vez más conocido, sin embargo, lo que no se sabe tanto es que cuando una mujer se somete a una intervención durante el parto, también puede existir un trauma, incluso aunque ella no lo haya percibido como tal. ¿A qué se debe? Este trauma puede interferir en el establecimiento de la impronta y del apego temprano positivo con el bebé y afectar a la relación madre-hijo y, por ende, al desarrollo físico y psíquico del bebé.

En este artículo aprenderás:

  1. Cómo el proceso hormonal del parto prepara a madre e hijo para una relación de apego seguro.
  2. Cómo interfieren las intervenciones en el parto en el vínculo madre hijo.
  3. Cómo afecta un nacimiento intervenido al bebé y al establecimiento del 1º fundamento del “Yo sano”.
  4. Qué puedes hacer para minimizar el daño que causa un parto intervenido en ti misma y en tu bebé.

Las hormonas del parto preparan a madre y bebé para una relación de apego seguro

En primer lugar hay que saber que las mujeres, al igual que cualquier otra madre mamífera, no estamos preparadas para un parto intervenido. De modo que casi cualquier intervención en el parto puede dar lugar a un daño psicológico.

La neuro fisiología del parto, es decir las hormonas que el cerebro de la madre produce durante el parto, envuelven a la madre en un proceso emocional que la naturaleza ha perfeccionado durante decenas de miles de años con un propósito importantísimo: crear un vínculo amoroso con su bebé y que, para ella, todo lo que tenga que ver con el cuidado de la cría suponga placer.

En otras palabras, las hormonas del parto están diseñadas para que te enamores perdidamente de tu bebé y quieras dedicar toda tu energía vital a cuidar de él con amor.

Esto garantiza:

  1. La supervivencia del bebé.
  2. El cuidado correcto del bebé.
  3. Que el bebé forme su primer fundamento del “Yo Sano”: la confianza.

El propósito principal de las hormonas del parto es garantizar la supervivencia del bebé

Nadie sabe lo duro que es criar a un recién nacido hasta que tienes uno. Para cualquier persona criar de una criatura indefensa y desvalida, que sólo se comunica a través del llanto y que te despierta varias veces cada noche durante varios meses, es una tarea agotadora y desgastante.

Las mujeres que vivieron situaciones de violencia obstétrica y que fueron sometidas a intervenciones innecesarias, a menudo experimentan la sensación de que se les ha robado el parto.

Hace falta sentir un amor muy grande para poder soportar esto. Y eso es precisamente lo que ocurre durante un parto natural. La madre experimenta el mayor chute de amor que puede experimentar cualquier ser humano: literalmente en el parto natural recibimos una sobredosis de oxitocina endógena que prepara al cerebro de la madre para querer cuidar a su bebé con un profundo amor, a pesar del cansancio, la falta de sueño o las dificultades para comprender las necesidades de una criatura que sólo es capaz de comunicar su disconfort a través del llanto.

Cuando se interviene en el parto con medicación como la epidural, la oxitocina sintética (que tiene un efecto muy distinto a la oxitocina natural) y otros procedimientos médicos rutinarios (vías, rotura artificial de la bolsa, monitorización interna, inmovilización de la madre, etc.), la oxitocina materna se escapa y todo el proceso emocional del parto se ve interferido.

Esto es algo que los veterinarios conocen muy bien. Si anestesias a una oveja durante su parto y le presentas a su corderito después de salir de la anestesia, es muy probable que no lo reconozca como suyo y que rechace cuidar de él. Si no ha vivido el proceso hormonal del parto no se vincula con su cría.

Este sentimiento lo experimentan algunas mujeres después de un parto medicalizado o intervenido. Esa sensación de extrañeza, de no sentir ese inmenso amor que se supone que una madre debería sentir por su bebé, y que viene acompañado de silencio y de culpa.

“Debo ser una mala madre porque no amo a mi bebé como se supone que debería, y además no se lo puedo contar a nadie porque van a pensar que estoy loca”.

Éste sentimiento es en muchas ocasiones la antesala de una depresión posparto. Debido a una disonancia cognitiva: se me ha enseñado que las “buenas madres” sienten un amor incondicional por sus hijos, sin embargo yo no siento eso, luego soy una “mala madre”.

Y es que nadie nos explica que esto puede ocurrir después de un parto intervenido, que no eres un bicho raro, es normal porque no has pasado por el proceso hormonal que la naturaleza tiene preparado para ti, y sobre todo, que tiene arreglo y que lo puedes superar.

Por otro lado en algunas ocasiones los partos acaban realmente mal, con intervenciones muy traumáticas o muy dolorosas. Y en este caso, de nuevo también es normal que la mujer tenga dificultades para vincularse con su bebé, pues lo asocia al dolor y al sufrimiento que ha vivido mientras lo traía al mundo.

Las mujeres que vivieron situaciones de violencia obstétrica y que fueron sometidas a intervenciones innecesarias, a menudo experimentan la sensación de que se les ha robado el parto. Que se les ha privado de algo a lo que tenían derecho y que era suyo.


Cómo interfieren las intervenciones en el parto en el vínculo madre hijo

Los sentimientos de frustración por no haber podido dar a luz de manera natural también aparecen. Hay mujeres que se sienten “menos mujer” o “menos madre” por el hecho de haber necesitado, o haberse visto sometidas a una intervención.

La ausencia de las hormonas del parto en todo el proceso impide que madre y bebé reciban ese chute de oxitocina endógena que hace que ambos se “enamoren”

Hemos oído tantas veces que las mujeres sabemos parir, o que estamos perfectamente diseñadas para parir, que al no conseguirlo, sentimos que somos defectuosas o que lo que para otras es posible a nosotras se nos niega.

De este modo comienzas el puerperio con una sensación de no valer lo suficiente, de haberte fallado a ti misma y, sobre todo, de haberle fallado a tu bebé, por no haber “sabido” o podido defenderle de una situación de riesgo o violencia.

La ausencia de las hormonas del parto en todo el proceso impide que madre y bebé reciban ese chute de oxitocina endógena que hace que ambos se “enamoren”. Esta situación se ve agravada por el hecho de que, después de una intervención en el parto, suele haber separación de la madre y el bebé, rompiéndose el segundo mecanismo que la naturaleza tiene preparado para el establecimiento del apego seguro madre hijo: el contacto piel con piel, las miradas y mutuo reconocimiento y la lactancia precoz.

Ese contacto íntimo entre madre e hijo justo después del parto hace que ambos sigan produciendo oxitocina endógena y que el proceso de enamoramiento continúe y se refuerce.

Y es que el parto y las dos primeras horas de vida son momentos únicos, sagrados, que dejan una profunda huella psicológica tanto en la madre como en el hijo y que marcará el inicio de esta relación.

Y es que no es lo mismo la crianza que realiza una madre que ha podido vivir una hermosa experiencia de parto en la que se ha sentido en control de la situación, en la que ha sentido que ha “sabido” ayudar a su bebé a nacer, en la que ha superado las dificultades y se siente poderosa al recibir a su bebé por sí misma, que la de una madre que se siente menos madre, frustrada, culpable y, en ocasiones, incluso desvinculada de su bebé.

“El parto es amor y el amor no admite intervenciones”,

Michel Odent.

Y es que estamos programadas biológicamente para que la experiencia de parto natural nos haga sentir poderosas, hembras mamíferas que son capaces de todo por proteger a su cría y que experimentan un enorme amor e incluso placer al cuidar de su bebé.

Todo esto se rompe con la intervención en el parto.


Cómo afecta un nacimiento intervenido al bebé y al establecimiento del primer fundamento del “Yo sano”.

Para que un ser humano se desarrolle plenamente en el mundo es necesario que tenga bien formados cuatro pilares psíquicos, lo que los psicoterapeutas Gabriela González y Luís Carlos Flores (creadores del Método Paternidad Efectiva) denominan los cuatro fundamentos del Yo Sano: la confianza, la pasión, la valía y la conexión.

En el momento del nacimiento, se refuerza o se quiebra el fundamento más importante de todos: LA CONFIANZA.

El proceso neurohormonal del parto, está regido por la oxitocina (hormona del amor), las endorfinas (analgésicos naturales que fomentan el optimismo), la serotonina (hormona de la confianza) y la dopamina (hormona del placer), hormonas conocidas como el cuarteto de la felicidad. Y no es casual que sean estas hormonas las que provoquen el parto. Estas hormonas que madre y bebé producen y se retroalimentan durante el proceso del parto y nacimiento están destinadas a enviar un mensaje muy claro y muy importante al bebé: “llegas a un lugar seguro, donde se te ama y se te cuida”.

Cuando estas hormonas faltan, debido por ejemplo al uso de la oxitocina sintética, la anestesia epidural o el miedo de la madre ante un proceso traumático, el bebé se ve privado de esta experiencia y nace bañado en otro cocktail hormonal bien distinto: la adrenalina y el cortisol.

Si además de un nacimiento intervenido, tiene la experiencia de la separación del cuerpo de la madre, la producción de adrenalina y cortisol se mantiene en niveles altos durante mucho tiempo.

Esto envía un claro mensaje al cuerpo y al cerebro del niño que lo marcará para siempre: has llegado a un lugar hostil en el que tu vida corre peligro.

De esta forma encontramos que los niños que nacen por cesárea o en partos instrumentados tienen mayores probabilidades de desarrollar trastornos psicológicos en su vida adulta como la depresión, la ansiedad, la neurosis, etc.


¿Qué puedes hacer para minimizar el daño que causa un parto intervenido en ti misma y en tu bebé?

Si has tenido intervenciones en tu parto, después de conocer esta información es probable que te sientas aún más culpable.

Te entiendo perfectamente porque yo misma pasé por ese despertar de conciencia por el que tú estás pasando ahora mismo y me costó muchísimo asimilarlo.

En este momento te digo que es importante que sepas, que la experiencia de parto y nacimiento marcan a madre y bebé, pero no nos determina, y que hay muchas cosas que puedes hacer para sanar el trauma del nacimiento en ti y en tu bebé. De hecho, vais a tener toda la vida juntos para reparar ese daño y para disfrutar de una maravillosa relación madre hijo.


7 claves para reparar el daño de una intervención en el parto:

  1. Sana tu propia experiencia. Encuentra el cauce para elaborar tus emociones de frustración, rabia o culpa y transformarlas en sentimientos positivos para poder tener paz mental. No eres menos mujer ni menos madre por haber tenido una intervención en el parto. Has sido muy valiente pasando por procedimientos médicos, enfrentándote a tus miedos para darle a tu bebé el mejor recibimiento que podías darle según las circunstancias que estabas viviendo. Sé que es más fácil decirlo que hacerlo, porque a nivel racional todo esto está muy bien, pero el subconsciente necesita de herramientas más potentes para llegar a él y producir esta transformación. La meditación, la hipnosis, la PNL (programación neurolingüística) y la Bioenergética te pueden ayudar.
  2. Busca ayuda profesional, superar todo esto sola es muy difícil y, en ocasiones lleva demasiado tiempo. El tiempo vuela y te mereces ser feliz y tener una relación preciosa con tu bebé y contigo misma. Busca un profesional empático, que te ayude a superar el duelo perinatal y que tenga la sensibilidad suficiente para guiarte sin juzgarte, de manera amorosa hacia el lado luminoso de la maternidad.
  3. Cuídate a ti misma: Encuentra el tiempo necesario para cuidarte física y emocionalmente. Busca el apoyo de otras personas que te ayuden en el cuidado de tu bebé para tener tiempo para ti misma. Realizar actividades que te proporcionen bienestar y placer, hará que el tiempo que pases con tu bebé esté más serena y receptiva.
  4. Habla del tema. Exprésalo a personas que no te juzguen ni te den los típicos consejos bienintencionados que dañan más que curan. No basta con haber salido vivos del hospital, si no te sientes bien, exprésalo, pero elige bien a quién se lo cuentas. Escribir tu experiencia y tus sentimientos puede ser un buen comienzo.
  5. Cuéntaselo a tu bebé. Aunque no te entiende a nivel mental, tu hijo o hija tiene un vínculo emocional muy grande y es capaz de percibir cómo te sientes. Explícale a tu bebé de manera tranquila cómo fue su nacimiento y dale una nueva bienvenida. Cuéntale lo mucho que lo quieres y lo bienvenido/a que es en tu casa y en tu vida.
  6. Procura el contacto físico con tu bebé. Lo que no se consiguió durante el parto, lo puedes recuperar en el posparto. Portear a tu hijo o hija le dotará de un entorno seguro, pegado al cuerpo de la madre (o del padre), mientras ella realiza las tareas del día a día. Los beneficios del porteo son innumerables. Aprende alguna técnica de masaje para bebés, esto os llenará de placer a los dos y reforzará el vínculo y la confianza de tu bebé en su propio cuerpo. El placer es muy importante.
  7. Fórmate, aprende sobre crianza respetuosa. A menudo un nacimiento traumático tiene consecuencias peores por no comprender las verdaderas necesidades del niño o la niña.

La última clave es el amor y la compasión.

Si con todo esto sientes que aún necesitas ayuda, estaré encantada de acompañarte en tu viaje hacia una maternidad sana y plena con los recursos más eficaces que he podido recopilar a lo largo de más de 12 años de investigación y acompañamiento a madres y padres.

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